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Día de elecciones
ALBERTO RIAL
El ingeniero geofísico Alberto Rial ya había publicado con el sello Alfa, en 2013, su ensayo sobre la cultura de la sociedad venezolana y su impacto sobre las organizaciones, incluyendo las políticas, La variable independiente. Ahora, en 2024, ha sacado a la luz un texto que venía trabajando desde los días de la pandemia, entre España y México. Amaneció temprano: historias de dos Venezuelas es, como se advierte en la contratapa, un viaje libre a través de la memoria. Pero ojo, el viaje en realidad no es tan libre: avanza sobre el pedregoso mapa que ha dejado la ruta chavista desde la toma legal del poder, primero, hasta la destrucción sistemática de un país que un día pensó hacer justicia por el espejo retrovisor a la hora de votar. Se engañó y lo engañaron. Se ha hablado mucho de la Novela de la Diáspora Venezolana (así, en mayúsculas); este libro de Rial podría ser candidato a tal cognomento. Aquí se escogió el episodio que sigue al fallecimiento del referendo revocatorio de 2004. El autor, de formación más bien científica, sabe valorar la precisión de la palabra. El libro puede pedirse por internet ya que se trata de una edición por demanda
Yo había votado en todas las elecciones venezolanas desde que tuve la edad para ejercer mi derecho, en 1968. En todas. Dependiendo de los candidatos, había votado por los adecos, por la izquierda, por la derecha, por los copeyanos y hasta por la impostura que montó Francisco Arias Cárdenas en 2000 —jamás voté por el chavismo y sus propuestas; lo digo con los pelos del burro en la mano—. Nunca dejé de votar: lo considero un deber y un derecho, una condición indispensable de ciudadanía. Y nunca creí, hasta ese día aciago, que las elecciones en Venezuela estuvieran trampeadas. Por lo menos no lo suficiente como para revertir los resultados. Una vez en la que me tocó ser testigo de mesa, cuando ganó Caldera la presidencia por segunda vez, no vi nada siquiera parecido a una irregularidad. Cada testigo se quedó con sus números, se firmaron las actas, se les entregaron a los militares que las llevarían al CNE y chao.
Ese día del RR me levanté temprano, muy temprano para mi gusto, pero había que sacudirse la modorra y levantar a mi viejo de la cama —mi mamá había perdido la cédula y no pudo votar—. A las seis de la mañana, una vecina había hecho un recorrido de calles diciendo en voz alta “a votar, a votar”; nada extraño en un sitio abrumadoramente opositor, como El Cafetal de Caracas, al menos en esa fecha. Nuestro centro electoral estaba en la misma escuelita de toda la vida, a cinco minutos a pie de la casa donde vivíamos en 2004. Mi mujer votaba en La Urbina. Pasamos rápido a la caseta de votación, por la edad de mi papá. Lo asistí para que no se confundiera al escoger su opción y después voté yo. Saludamos a varios amigos y conocidos que conseguimos en la cola. Dentro de la escuelita, hicimos los comentarios típicos de opositores en terreno amigable, y ya. Misión cumplida. Ese día, a estar pendientes de las noticias. Al día siguiente, a reestrenar democracia.
Después de cumplir con el deber cívico, y mientras andaba pendiente de las noticias y las encuestas, los autobuses cargados de electores favorables al gobierno recorrían el país llevando gente de una casilla a otra. El voto fue electrónico en su totalidad y, por lo tanto, oculto dentro de una caja negra que uno no sabía lo que llevaba en las tripas, aparte de una tecnología electoral que se le compró a una empresa nueva a través de un proceso comercial de poca transparencia, por decir lo menos. Unas elecciones tan simples que se decidían con un “Sí” o un “No” se demoraban interminable e inexplicablemente. La gente tardaba seis, ocho y diez horas en la fila para votar y se quejaba de los nuevos captahuellas introducidos en el proceso por el CNE, y que se esgrimían como la causa principal de los retrasos —pensando mal, podía ser una forma de justificar los retrasos y esconder una razón más turbia—. La lentitud de la votación, los acarreos de gente y todo lo ocurrido en los meses anteriores a la votación formaban un entorno espeso, con olor a guiso. Algo pasaba detrás del muro oficial; un lleva y trae que no lucía bien y que los electores no estábamos ni cerca de comprender. No obstante, y a pesar de los pesares, se imponía la confianza de ser mayoría, los números que iban llegando y la masiva asistencia —70 % de participación— a las urnas.
***
Los resultados oficiales me siguen bailando frente a los ojos, alrededor del cuarto, en el techo, en la pantalla del televisor, en todos lados: 59 % votó para que Chávez se quedara y 41 % estuvo en contra. Los números se anunciaron poco antes de las cuatro de la madrugada, entre gallos y medianoche, en un horario que con el tiempo se convertiría en favorito del chavismo.
Teníamos el ánimo golpeado y la confianza haciendo aguas, pero tampoco era cuestión de desesperarse y dejarse tragar por el show de los rojos. Había que esperar la respuesta de la Coordinadora Democrática, que se me antojaba sería contundente, firme, denunciando la trampa y anunciando acciones de protesta.
La oposición cantó foul. En horas de la mañana, una representación de la Coordinadora, teniendo como vocero a Henry Ramos Allup, de Acción Democrática, ofreció una rueda de prensa y declaró que había ocurrido un “fraude gigantesco contra la voluntad popular”. Ramos ofreció que:
… se recabarán las actas y las pruebas para formalizar ante organismos internacionales un petitorio completo para auditar las máquinas y contar las papeletas… asumiendo la responsabilidad de comprobar que, siguiendo los dictados y las órdenes del presidente de la República, desde el Consejo Nacional Electoral se ha perpetrado una estafa gigantesca.
Otros voceros opositores afirmaban que sus propios datos, entre ellos la encuesta de boca de urna que se le encargó a la firma Penn, Schoen & Berland, y que se llevó a cabo en el terreno por voluntarios de la ONG Súmate, ponían el “Sí” en el 59 % y el “No” en el 40 %. O sea, un resultado opuesto a los datos oficiales y en línea con los números que yo había recibido por varias fuentes.
A pesar de que la Coordinadora Democrática se paró en sus talones y no reconoció los resultados, los efectos que me causó el madrugonazo del gobierno no se calmaron con la denuncia opositora. Había un dejo de debilidad en la respuesta. Una percepción de que, por muy evidente que pareciera el fraude, la reversión de los resultados iba a ser cuesta arriba. Por alguna razón, la rueda de prensa no enseñó punch. Los representantes de la oposición se percibieron sin fuerza, como sorprendidos entre primera y segunda. O quizás yo no terminaba de salir del relumbrón y no estaba en condiciones de juzgar la realidad con un mínimo de optimismo. Sobre todo, después de que el repaso de los años y meses anteriores hiciera que las piezas del rompecabezas armado por el chavismo comenzaran a encajar, de forma natural y a la medida del país.
Aún faltaba un elemento clave. Los observadores internacionales tenían que dar su evaluación del proceso electoral. Se sabía que una opinión desfavorable de la OEA y el Centro Carter sería determinante para deslegitimar los resultados y darle el primer impulso a una revisión que podría terminar con la declaración de fraude y la repetición del sufragio o la renuncia de Chávez o qué sé yo. Y los observadores tenían que admitir que las elecciones habían sido tramposas; porque lo fueron desde el primer momento, desde la recolección de firmas, desde la convocatoria al consultivo. Desde siempre. Los números que mostraba el CNE no eran sino el desenlace de una cadena de eventos y decisiones oficiales dirigidos a desconocer cualquier resultado que le fuera desfavorable al gobierno. Para mí, estaba clarísimo.
Al filo del mediodía de ese 16 de agosto, la OEA y el Centro Carter dieron por buenos los resultados del referéndum. Si bien Gaviria trató de matizar su posición argumentando que en América Latina el ventajismo del gobierno siempre sería un factor en las elecciones y que las irregularidades observadas eran poco menos que inevitables —y que carecían de impacto para modificar los resultados—, se concluyó que los números entregados por el CNE eran confiables. Fin del asunto. Los clavos en el ataúd de la democracia estaban completos. Fraude consumado. Nos jodimos.
Mi mujer y yo nos vimos fijamente, con expresión de ¿y ahora?, sin atinar a decir nada. Agarré el celular, me calcé unos zapatos y salí a la calle, hacia el parquecito que queda cerca de la casa. Lo primero que hice fue llamar a mi pana la periodista. La que siempre estaba dateada:
—¿Qué pasó, mija querida?, ¿qué vaina es esta? —le dije de sopetón.
— Que nos vendieron esos cabrones, Alberto. Con tal de que no haya peo y los chavistas se queden tranquilos, Gaviria y Carter están dispuestos a voltear para otro lado y hacerse los musiúes.
—Entonces, ¿hasta aquí llegamos? —le pregunté.
—Pues parece que sí, porque en la Coordinadora se están peleando entre ellos. No parecen tener la fuerza para empujar un proceso de reclamo con suficiente peso ni chance de voltear los resultados del CNE.
Colgué después de compartir maldiciones con mi amiga y empecé a caminar alrededor del parque, a gastar energía, a botar adrenalina, a descargar la arrechera. Y no paré hasta que el cuerpo me lo dijo: “Ya, tranquilo. Con calma. Respira profundo. Piensa en lo que hay que hacer, sin desespero. Sin atropellarse”.
De regreso a la casa me enteré de que alguna gente había salido a la calle en plan de protesta, y en automático se me ocurrió que era por donde había que empezar. Había que iniciar una ola de manifestaciones como las del año pasado, buscar otro 11 de abril. Mostrarle de nuevo al gobierno que éramos mayoría. Pero ya estaba en las noticias que un conato de protesta en Altamira había sido recibido por unos malandros motorizados del gobierno que salieron a disparar contra los manifestantes y mataron a una señora. El crimen se quedó así, y los únicos sicarios capturados —porque los filmaron disparando y el video salió en las cadenas de noticias de todo el mundo— fueron liberados dos años después. El miedo empezó a circular por el país y los inconformes —conmigo incluido— prefirieron quedarse en su casa. Me quedó claro que los chavistas lo tenían todo previsto. Tenían que saber que la gente iba a salir a la calle después de conocerse los resultados del RR, y escogieron la opción extrema para sofocar cualquier intento de rebelión: la estrategia —a la cubana, probablemente— de matar a uno, a la vista de todos, y atemorizar a miles.
Llegaron unos amigos de visita, con la expresión larga y la decepción —o la frustración, o la impotencia, o cualquiera de la multitud de emociones que afloraban en ese momento— pintada en la cara. Andaban igual que nosotros, buscando respuestas, inventando salidas a lo superhéroe, descargando hiel. Apoyándose en las amistades y en la familia para tener algo en qué recostarse en medio de la derrota y de la incertidumbre que se nos venían encima. En medio de la cháchara, se terminó la cerveza y salí a comprar refuerzos. Prendí el carro y me quedé de piedra.
En la radio —siempre dejo la radio del carro encendida, por hábito y por melómano— sonaba uno de los grandes éxitos de Eric Burdon and The Animals. Una canción de 1965, treinta y nueve años atrás, mi favorita de The Animals, con mucha fuerza melódica y una letra dura, abrasiva, como papel de lija. Era We Gotta Get Out of This Place —tenemos que salir de este lugar— y había un cierre de estrofa particularmente conspicuo para el momento que estábamos viviendo:
We gotta get out of this place
´cause girl, there’s a better life for me and you…
Debo aclarar que no soy de los que reciben las señales de alerta que manda el cosmos, sea porque no existen o porque mis antenas tienen defectos, ni creo en lo paranormal más allá de tenerles el debido respeto a las cosas que no se entienden —de las cuales he visto y experimentado algunas— y, aparte del “de que vuelan, vuelan”, no me inclino mucho a buscar significados ocultos, premoniciones o mensajes del destino, aunque alguna vez fui a leerme las cartas y me hice limpiezas de espíritu con un chamán en El Junquito en una época especialmente difícil de mi vida. Como buen ingeniero, soy más de probabilidades y coincidencias. Pero recibir en una radio venezolana, al azar, una canción de cuatro décadas atrás con ese significado, en ese preciso momento, me sacudió el cableado y me llevó a pensar en el futuro con una urgencia que no había sentido hasta ese día.
Se fueron los amigos y nos quedamos mi mujer y yo. Solos, en modo de reflexión y tratando de bajar la incertidumbre. Teníamos claro que no le podíamos permitir
al gobierno chavista de la República Bolivariana de Venezuela la potestad de definir y decidir lo que sería nuestra vida en los años que vendrían. Se amontonaban las evidencias de que la democracia en Venezuela tenía los días contados. De que el izquierdismo que presumía Chávez se haría más radical, apuntando al modelo cubano más que a ningún otro. Poco tiempo atrás me había tocado escuchar, a un colega, el famoso: “No, vale, Venezuela no es Cuba; eso aquí no pasa”, y me quedé en silencio, pensando si mi interlocutor tendría razón. Pero ese día, 16 de agosto de 2004, las interpretaciones benévolas de la realidad venezolana habían pasado a los archivos del sótano. Tarde o temprano vendrían ataques importantes a la propiedad privada, que podrían ser selectivos o generalizados, porque el caldo estaba ahí, en el fuego. Encima, yo era un petrolero execrado y tendría que pasarles por debajo del radar a los chavistas para poder conseguir y conservar algo de trabajo.
Después del RR se hicieron muchos análisis para determinar si la elección había sido o no fraudulenta. Sé que muchos afirman con bastante convicción y ciencia que hubo trampa, que el padrón electoral estaba inflado en 1,8 millones de votantes, que hubo comunicación bidireccional entre las mesas y los centros de totalización. Pero otros dicen que, aun manipulando las cifras hasta donde se podían manipular, Chávez ganaba. Y aun otros más concluyen que los números del CNE reflejan la realidad de lo que pasó en las mesas de votación. Yo no tenía esos estudios a la hora de juzgar si en Venezuela había espacio para la democracia. Pero, a mi modo de ver, con lo que ocurrió antes de la elección —que no necesitaba de análisis ni estadísticas porque estuvo a la vista de todos— era suficiente para no volver a votar en un proceso organizado por el chavismo.
No me gusta jugar con cartas marcadas, y mucho menos si quien las marcó fue el otro, el rival. Voté por última vez en Venezuela ese agosto de 2004. Nunca más; solo ejercí el voto otra vez —en esa ocasión en Monterrey, México— en julio de 2017, cuando la oposición organizó la jornada plebiscitaria mundial, sin el CNE. Tenía pensado votar en las elecciones primarias de octubre de 2023 para elegir el candidato opositor a las presidenciales de 2024, pero no pude hacerlo porque me tocó viajar por una emergencia de familia —no votaré en las presidenciales; tengo el pasaporte vencido y no me dejaron inscribirme aquí en México—. Muchos de los amigos que me ofrecieron arrastrarme a coñazos o que me habían reclamado por ser “radical abstencionista” —así me llamaron una vez, a lo que yo respondí: “tú debes ser entonces radical electoralista”— no han votado desde hace años por razones obvias. En Venezuela, entre muchísimas otras cosas, el sufragio limpio y democrático se perdió, y quizás el 16 de agosto de 2004 fue el día en el que cayó la guillotina sobre el derecho del soberano a elegir a sus gobernantes.
Al final del libro, en una suerte de apéndice, hago un breve recuento de las elecciones que ha habido en Venezuela desde 2004 hasta 2023. Carnita para discusión.
***
Está cayendo la tarde de este día infortunado. La canción de Eric Burdon me sigue dando vueltas. We gotta get out of this place. Pegajosa. Sugerente. Mi mujer y yo seguimos elaborando pros y contras y pensando en opciones. Los dos estamos convencidos de que el RR había sido irregular, torvo y amañado desde que comenzó: desde la recolección de las firmas, el gobierno usó su poder, su dinero y sus pocos escrúpulos para evitar medirse ante el soberano. Y cuando se midió y los números no le funcionaron, los hizo funcionar con maniobras que tenían toda la pinta de ser tramposas. Quedó en evidencia que los revolucionarios —haciéndole honor a su nombre— no creían en la decisión del pueblo del que tanto hablaban, pero también —y quizás esto era aún más grave— se percibía que la oposición no parecía tener la fuerza ni la capacidad ni la visión para desalojar a los inquilinos de los poderes públicos, empezando por el mismo comandante presidente. Para echarle un poco más de condimento al sancocho, los organismos multilaterales y la comunidad internacional podían desentenderse de la crisis, porque ya la OEA y el Centro Carter habían dado su bendición y les habían ahorrado a los demás la tarea de investigar y pronunciarse.
La situación personal que se nos venía encima no era la mejor. Primero, había que digerir un pronóstico que no vislumbraba nada bueno para Venezuela y, a partir de ahí, tomar decisiones de trabajo, carrera profesional y plan de vida. El futuro pintaba de una forma que nunca había percibido con anterioridad. Por dondequiera se mostraban amenazas y cambios —todos para peor— en parámetros críticos que uno siempre pensó que estarían garantizados: libertad para opinar, derecho a la propiedad, seguridad personal y Estado de derecho, por mencionar algunos. No solo se estaban perdiendo las referencias personales y los códigos que me habían mantenido enraizado en el país. Ahora empezaba a tener serias dudas de que la república imperfecta, pero al fin y al cabo viable, en la que había pasado mis cincuenta y pico años de vida pudiera mantenerse como un lugar en el que vivir fuese tolerable. Lo conversaba con amigos y colegas casi todos los días después de mi primera bronca cotidiana con el chavismo, desatada simplemente al leer la primera página de cualquier periódico. La mayoría estaba de acuerdo conmigo y despotricaba y se quejaba, pero recuerdo que muy poca gente compartía el sentido de urgencia que yo le daba al asunto. Un amigo muy cercano me dijo, ya puesto contra la pared con mis quejas: “pero entonces termínate de ir de esta vaina y se acabó”. Ni que decir que la frase me movió. Bastante.
Desde la toma de posesión de Hugo Chávez, en febrero de 1999, cada noticia, declaración, acto oficial o acción de gobierno iba en la dirección opuesta a lo que yo pensaba que era lo correcto, lo sensato, lo que dictaba el más básico sentido común. En agosto de 2004, ya habían ocurrido los asesinatos del 11 de abril, el despido de veinte mil profesionales de PDVSA y las leyes interventoras que auguraban el dominio del Estado sobre todos los rincones en donde quisiera esconderse la iniciativa privada. El hostigamiento a los medios de comunicación anunciaba que la libertad de expresión iba por la cuerda floja. El régimen, sin pausa y con bastante prisa, se ensañaba contra el país y no rectificaba, haciendo gala de su soberbia, su ignorancia y el resentimiento que había cultivado contra todo lo hecho en los cuarenta años anteriores. Yo no tenía ni el estómago ni el grosor de piel para aguantar mucho más; convencido, además, de que todo sería peor. Mucho peor.
***
Ese 16 de agosto se hacía insoportablemente largo y seguían las preguntas. La incertidumbre. Pero de repente —ya serían las siete de la tarde—, después del rosario de recuerdos y del rebobinado desde 1999, acerté a encontrar una respuesta que me cambió la perspectiva: ¿Y qué pasa si no hubo trampa? ¿Qué pasa si de verdad 60 % de la gente votó para que Chávez se quedara? Pues que el pronóstico sería igual o peor que en el caso del fraude, porque una sociedad que tiene cinco años viendo el desempeño del chavismo —su deriva dictatorial, sus pocos escrúpulos, su incapacidad— y es capaz de darle el apoyo mayoritario que reflejaban los números del CNE no quiere entender lo que se nos viene encima. No comprende lo que significa vivir en democracia. No tiene conciencia de que le está regalando el país, otra vez, a una banda de marginales que viene a destruirlo todo —comenzando por la economía y terminando con las libertades—, una banda que ya ha dado suficiente evidencia de que eso es lo que sabe, y quiere, hacer.
Las conclusiones estaban ahí, a la vista, impelables. Debe haber algún sitio con una mejor vida —presente, pero sobre todo futura—, Eric Burdon dixit. Si el gobierno ganó el revocatorio haciendo fraude, yo no quiero quedarme expuesto a un sistema en el que no es posible sacar a un régimen tramposo por medios democráticos. Y si Chávez de verdad sacó los votos, aquí el que sobra soy yo.
MEMORIA

El ingeniero geofísico Alberto Rial ya había publicado con el sello Alfa, en 2013, su ensayo sobre la cultura de la sociedad venezolana y su impacto sobre las organizaciones, incluyendo las políticas, La variable independiente. Ahora, en 2024, ha sacado a la luz un texto que venía trabajando desde los días de la pandemia, entre España y México. Amaneció temprano: historias de dos Venezuelas es, como se advierte en la contratapa, un viaje libre a través de la memoria. Pero ojo, el viaje en realidad no es tan libre: avanza sobre el pedregoso mapa que ha dejado la ruta chavista desde la toma legal del poder, primero, hasta la destrucción sistemática de un país que un día pensó hacer justicia por el espejo retrovisor a la hora de votar. Se engañó y lo engañaron. Se ha hablado mucho de la Novela de la Diáspora Venezolana (así, en mayúsculas); este libro de Rial podría ser candidato a tal cognomento. Aquí se escogió el episodio que sigue al fallecimiento del referendo revocatorio de 2004. El autor, de formación más bien científica, sabe valorar la precisión de la palabra. El libro puede pedirse por internet ya que se trata de una edición por demanda.
Yo había votado en todas las elecciones venezolanas desde que tuve la edad para ejercer mi derecho, en 1968. En todas. Dependiendo de los candidatos, había votado por los adecos, por la izquierda, por la derecha, por los copeyanos y hasta por la impostura que montó Francisco Arias Cárdenas en 2000 —jamás voté por el chavismo y sus propuestas; lo digo con los pelos del burro en la mano—. Nunca dejé de votar: lo considero un deber y un derecho, una condición indispensable de ciudadanía. Y nunca creí, hasta ese día aciago, que las elecciones en Venezuela estuvieran trampeadas. Por lo menos no lo suficiente como para revertir los resultados. Una vez en la que me tocó ser testigo de mesa, cuando ganó Caldera la presidencia por segunda vez, no vi nada siquiera parecido a una irregularidad. Cada testigo se quedó con sus números, se firmaron las actas, se les entregaron a los militares que las llevarían al CNE y chao.
Ese día del RR me levanté temprano, muy temprano para mi gusto, pero había que sacudirse la modorra y levantar a mi viejo de la cama —mi mamá había perdido la cédula y no pudo votar—. A las seis de la mañana, una vecina había hecho un recorrido de calles diciendo en voz alta “a votar, a votar”; nada extraño en un sitio abrumadoramente opositor, como El Cafetal de Caracas, al menos en esa fecha. Nuestro centro electoral estaba en la misma escuelita de toda la vida, a cinco minutos a pie de la casa donde vivíamos en 2004. Mi mujer votaba en La Urbina. Pasamos rápido a la caseta de votación, por la edad de mi papá. Lo asistí para que no se confundiera al escoger su opción y después voté yo. Saludamos a varios amigos y conocidos que conseguimos en la cola. Dentro de la escuelita, hicimos los comentarios típicos de opositores en terreno amigable, y ya. Misión cumplida. Ese día, a estar pendientes de las noticias. Al día siguiente, a reestrenar democracia.
Después de cumplir con el deber cívico, y mientras andaba pendiente de las noticias y las encuestas, los autobuses cargados de electores favorables al gobierno recorrían el país llevando gente de una casilla a otra. El voto fue electrónico en su totalidad y, por lo tanto, oculto dentro de una caja negra que uno no sabía lo que llevaba en las tripas, aparte de una tecnología electoral que se le compró a una empresa nueva a través de un proceso comercial de poca transparencia, por decir lo menos. Unas elecciones tan simples que se decidían con un “Sí” o un “No” se demoraban interminable e inexplicablemente. La gente tardaba seis, ocho y diez horas en la fila para votar y se quejaba de los nuevos captahuellas introducidos en el proceso por el CNE, y que se esgrimían como la causa principal de los retrasos —pensando mal, podía ser una forma de justificar los retrasos y esconder una razón más turbia—. La lentitud de la votación, los acarreos de gente y todo lo ocurrido en los meses anteriores a la votación formaban un entorno espeso, con olor a guiso. Algo pasaba detrás del muro oficial; un lleva y trae que no lucía bien y que los electores no estábamos ni cerca de comprender. No obstante, y a pesar de los pesares, se imponía la confianza de ser mayoría, los números que iban llegando y la masiva asistencia —70 % de participación— a las urnas.
***
Los resultados oficiales me siguen bailando frente a los ojos, alrededor del cuarto, en el techo, en la pantalla del televisor, en todos lados: 59 % votó para que Chávez se quedara y 41 % estuvo en contra. Los números se anunciaron poco antes de las cuatro de la madrugada, entre gallos y medianoche, en un horario que con el tiempo se convertiría en favorito del chavismo.
Teníamos el ánimo golpeado y la confianza haciendo aguas, pero tampoco era cuestión de desesperarse y dejarse tragar por el show de los rojos. Había que esperar la respuesta de la Coordinadora Democrática, que se me antojaba sería contundente, firme, denunciando la trampa y anunciando acciones de protesta.
La oposición cantó foul. En horas de la mañana, una representación de la Coordinadora, teniendo como vocero a Henry Ramos Allup, de Acción Democrática, ofreció una rueda de prensa y declaró que había ocurrido un “fraude gigantesco contra la voluntad popular”. Ramos ofreció que:
… se recabarán las actas y las pruebas para formalizar ante organismos internacionales un petitorio completo para auditar las máquinas y contar las papeletas… asumiendo la responsabilidad de comprobar que, siguiendo los dictados y las órdenes del presidente de la República, desde el Consejo Nacional Electoral se ha perpetrado una estafa gigantesca.
Otros voceros opositores afirmaban que sus propios datos, entre ellos la encuesta de boca de urna que se le encargó a la firma Penn, Schoen & Berland, y que se llevó a cabo en el terreno por voluntarios de la ONG Súmate, ponían el “Sí” en el 59 % y el “No” en el 40 %. O sea, un resultado opuesto a los datos oficiales y en línea con los números que yo había recibido por varias fuentes.
A pesar de que la Coordinadora Democrática se paró en sus talones y no reconoció los resultados, los efectos que me causó el madrugonazo del gobierno no se calmaron con la denuncia opositora. Había un dejo de debilidad en la respuesta. Una percepción de que, por muy evidente que pareciera el fraude, la reversión de los resultados iba a ser cuesta arriba. Por alguna razón, la rueda de prensa no enseñó punch. Los representantes de la oposición se percibieron sin fuerza, como sorprendidos entre primera y segunda. O quizás yo no terminaba de salir del relumbrón y no estaba en condiciones de juzgar la realidad con un mínimo de optimismo. Sobre todo, después de que el repaso de los años y meses anteriores hiciera que las piezas del rompecabezas armado por el chavismo comenzaran a encajar, de forma natural y a la medida del país.
Aún faltaba un elemento clave. Los observadores internacionales tenían que dar su evaluación del proceso electoral. Se sabía que una opinión desfavorable de la OEA y el Centro Carter sería determinante para deslegitimar los resultados y darle el primer impulso a una revisión que podría terminar con la declaración de fraude y la repetición del sufragio o la renuncia de Chávez o qué sé yo. Y los observadores tenían que admitir que las elecciones habían sido tramposas; porque lo fueron desde el primer momento, desde la recolección de firmas, desde la convocatoria al consultivo. Desde siempre. Los números que mostraba el CNE no eran sino el desenlace de una cadena de eventos y decisiones oficiales dirigidos a desconocer cualquier resultado que le fuera desfavorable al gobierno. Para mí, estaba clarísimo.
Al filo del mediodía de ese 16 de agosto, la OEA y el Centro Carter dieron por buenos los resultados del referéndum. Si bien Gaviria trató de matizar su posición argumentando que en América Latina el ventajismo del gobierno siempre sería un factor en las elecciones y que las irregularidades observadas eran poco menos que inevitables —y que carecían de impacto para modificar los resultados—, se concluyó que los números entregados por el CNE eran confiables. Fin del asunto. Los clavos en el ataúd de la democracia estaban completos. Fraude consumado. Nos jodimos.
Mi mujer y yo nos vimos fijamente, con expresión de ¿y ahora?, sin atinar a decir nada. Agarré el celular, me calcé unos zapatos y salí a la calle, hacia el parquecito que queda cerca de la casa. Lo primero que hice fue llamar a mi pana la periodista. La que siempre estaba dateada:
—¿Qué pasó, mija querida?, ¿qué vaina es esta? —le dije de sopetón.
— Que nos vendieron esos cabrones, Alberto. Con tal de que no haya peo y los chavistas se queden tranquilos, Gaviria y Carter están dispuestos a voltear para otro lado y hacerse los musiúes.
—Entonces, ¿hasta aquí llegamos? —le pregunté.
—Pues parece que sí, porque en la Coordinadora se están peleando entre ellos. No parecen tener la fuerza para empujar un proceso de reclamo con suficiente peso ni chance de voltear los resultados del CNE.
Colgué después de compartir maldiciones con mi amiga y empecé a caminar alrededor del parque, a gastar energía, a botar adrenalina, a descargar la arrechera. Y no paré hasta que el cuerpo me lo dijo: “Ya, tranquilo. Con calma. Respira profundo. Piensa en lo que hay que hacer, sin desespero. Sin atropellarse”.
De regreso a la casa me enteré de que alguna gente había salido a la calle en plan de protesta, y en automático se me ocurrió que era por donde había que empezar. Había que iniciar una ola de manifestaciones como las del año pasado, buscar otro 11 de abril. Mostrarle de nuevo al gobierno que éramos mayoría. Pero ya estaba en las noticias que un conato de protesta en Altamira había sido recibido por unos malandros motorizados del gobierno que salieron a disparar contra los manifestantes y mataron a una señora. El crimen se quedó así, y los únicos sicarios capturados —porque los filmaron disparando y el video salió en las cadenas de noticias de todo el mundo— fueron liberados dos años después. El miedo empezó a circular por el país y los inconformes —conmigo incluido— prefirieron quedarse en su casa. Me quedó claro que los chavistas lo tenían todo previsto. Tenían que saber que la gente iba a salir a la calle después de conocerse los resultados del RR, y escogieron la opción extrema para sofocar cualquier intento de rebelión: la estrategia —a la cubana, probablemente— de matar a uno, a la vista de todos, y atemorizar a miles.
Llegaron unos amigos de visita, con la expresión larga y la decepción —o la frustración, o la impotencia, o cualquiera de la multitud de emociones que afloraban en ese momento— pintada en la cara. Andaban igual que nosotros, buscando respuestas, inventando salidas a lo superhéroe, descargando hiel. Apoyándose en las amistades y en la familia para tener algo en qué recostarse en medio de la derrota y de la incertidumbre que se nos venían encima. En medio de la cháchara, se terminó la cerveza y salí a comprar refuerzos. Prendí el carro y me quedé de piedra.
En la radio —siempre dejo la radio del carro encendida, por hábito y por melómano— sonaba uno de los grandes éxitos de Eric Burdon and The Animals. Una canción de 1965, treinta y nueve años atrás, mi favorita de The Animals, con mucha fuerza melódica y una letra dura, abrasiva, como papel de lija. Era We Gotta Get Out of This Place —tenemos que salir de este lugar— y había un cierre de estrofa particularmente conspicuo para el momento que estábamos viviendo:
We gotta get out of this place
´cause girl, there’s a better life for me and you…
Debo aclarar que no soy de los que reciben las señales de alerta que manda el cosmos, sea porque no existen o porque mis antenas tienen defectos, ni creo en lo paranormal más allá de tenerles el debido respeto a las cosas que no se entienden —de las cuales he visto y experimentado algunas— y, aparte del “de que vuelan, vuelan”, no me inclino mucho a buscar significados ocultos, premoniciones o mensajes del destino, aunque alguna vez fui a leerme las cartas y me hice limpiezas de espíritu con un chamán en El Junquito en una época especialmente difícil de mi vida. Como buen ingeniero, soy más de probabilidades y coincidencias. Pero recibir en una radio venezolana, al azar, una canción de cuatro décadas atrás con ese significado, en ese preciso momento, me sacudió el cableado y me llevó a pensar en el futuro con una urgencia que no había sentido hasta ese día.
Se fueron los amigos y nos quedamos mi mujer y yo. Solos, en modo de reflexión y tratando de bajar la incertidumbre. Teníamos claro que no le podíamos permitir al gobierno chavista de la República Bolivariana de Venezuela la potestad de definir y decidir lo que sería nuestra vida en los años que vendrían. Se amontonaban las evidencias de que la democracia en Venezuela tenía los días contados. De que el izquierdismo que presumía Chávez se haría más radical, apuntando al modelo cubano más que a ningún otro. Poco tiempo atrás me había tocado escuchar, a un colega, el famoso: “No, vale, Venezuela no es Cuba; eso aquí no pasa”, y me quedé en silencio, pensando si mi interlocutor tendría razón. Pero ese día, 16 de agosto de 2004, las interpretaciones benévolas de la realidad venezolana habían pasado a los archivos del sótano. Tarde o temprano vendrían ataques importantes a la propiedad privada, que podrían ser selectivos o generalizados, porque el caldo estaba ahí, en el fuego. Encima, yo era un petrolero execrado y tendría que pasarles por debajo del radar a los chavistas para poder conseguir y conservar algo de trabajo.
Después del RR se hicieron muchos análisis para determinar si la elección había sido o no fraudulenta. Sé que muchos afirman con bastante convicción y ciencia que hubo trampa, que el padrón electoral estaba inflado en 1,8 millones de votantes, que hubo comunicación bidireccional entre las mesas y los centros de totalización. Pero otros dicen que, aun manipulando las cifras hasta donde se podían manipular, Chávez ganaba. Y aun otros más concluyen que los números del CNE reflejan la realidad de lo que pasó en las mesas de votación. Yo no tenía esos estudios a la hora de juzgar si en Venezuela había espacio para la democracia. Pero, a mi modo de ver, con lo que ocurrió antes de la elección —que no necesitaba de análisis ni estadísticas porque estuvo a la vista de todos— era suficiente para no volver a votar en un proceso organizado por el chavismo.
No me gusta jugar con cartas marcadas, y mucho menos si quien las marcó fue el otro, el rival. Voté por última vez en Venezuela ese agosto de 2004. Nunca más; solo ejercí el voto otra vez —en esa ocasión en Monterrey, México— en julio de 2017, cuando la oposición organizó la jornada plebiscitaria mundial, sin el CNE. Tenía pensado votar en las elecciones primarias de octubre de 2023 para elegir el candidato opositor a las presidenciales de 2024, pero no pude hacerlo porque me tocó viajar por una emergencia de familia —no votaré en las presidenciales; tengo el pasaporte vencido y no me dejaron inscribirme aquí en México—. Muchos de los amigos que me ofrecieron arrastrarme a coñazos o que me habían reclamado por ser “radical abstencionista” —así me llamaron una vez, a lo que yo respondí: “tú debes ser entonces radical electoralista”— no han votado desde hace años por razones obvias. En Venezuela, entre muchísimas otras cosas, el sufragio limpio y democrático se perdió, y quizás el 16 de agosto de 2004 fue el día en el que cayó la guillotina sobre el derecho del soberano a elegir a sus gobernantes.
Al final del libro, en una suerte de apéndice, hago un breve recuento de las elecciones que ha habido en Venezuela desde 2004 hasta 2023. Carnita para discusión.
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Está cayendo la tarde de este día infortunado. La canción de Eric Burdon me sigue dando vueltas. We gotta get out of this place. Pegajosa. Sugerente. Mi mujer y yo seguimos elaborando pros y contras y pensando en opciones. Los dos estamos convencidos de que el RR había sido irregular, torvo y amañado desde que comenzó: desde la recolección de las firmas, el gobierno usó su poder, su dinero y sus pocos escrúpulos para evitar medirse ante el soberano. Y cuando se midió y los números no le funcionaron, los hizo funcionar con maniobras que tenían toda la pinta de ser tramposas. Quedó en evidencia que los revolucionarios —haciéndole honor a su nombre— no creían en la decisión del pueblo del que tanto hablaban, pero también —y quizás esto era aún más grave— se percibía que la oposición no parecía tener la fuerza ni la capacidad ni la visión para desalojar a los inquilinos de los poderes públicos, empezando por el mismo comandante presidente. Para echarle un poco más de condimento al sancocho, los organismos multilaterales y la comunidad internacional podían desentenderse de la crisis, porque ya la OEA y el Centro Carter habían dado su bendición y les habían ahorrado a los demás la tarea de investigar y pronunciarse.
La situación personal que se nos venía encima no era la mejor. Primero, había que digerir un pronóstico que no vislumbraba nada bueno para Venezuela y, a partir de ahí, tomar decisiones de trabajo, carrera profesional y plan de vida. El futuro pintaba de una forma que nunca había percibido con anterioridad. Por dondequiera se mostraban amenazas y cambios —todos para peor— en parámetros críticos que uno siempre pensó que estarían garantizados: libertad para opinar, derecho a la propiedad, seguridad personal y Estado de derecho, por mencionar algunos. No solo se estaban perdiendo las referencias personales y los códigos que me habían mantenido enraizado en el país. Ahora empezaba a tener serias dudas de que la república imperfecta, pero al fin y al cabo viable, en la que había pasado mis cincuenta y pico años de vida pudiera mantenerse como un lugar en el que vivir fuese tolerable. Lo conversaba con amigos y colegas casi todos los días después de mi primera bronca cotidiana con el chavismo, desatada simplemente al leer la primera página de cualquier periódico. La mayoría estaba de acuerdo conmigo y despotricaba y se quejaba, pero recuerdo que muy poca gente compartía el sentido de urgencia que yo le daba al asunto. Un amigo muy cercano me dijo, ya puesto contra la pared con mis quejas: “pero entonces termínate de ir de esta vaina y se acabó”. Ni que decir que la frase me movió. Bastante.
Desde la toma de posesión de Hugo Chávez, en febrero de 1999, cada noticia, declaración, acto oficial o acción de gobierno iba en la dirección opuesta a lo que yo pensaba que era lo correcto, lo sensato, lo que dictaba el más básico sentido común. En agosto de 2004, ya habían ocurrido los asesinatos del 11 de abril, el despido de veinte mil profesionales de PDVSA y las leyes interventoras que auguraban el dominio del Estado sobre todos los rincones en donde quisiera esconderse la iniciativa privada. El hostigamiento a los medios de comunicación anunciaba que la libertad de expresión iba por la cuerda floja. El régimen, sin pausa y con bastante prisa, se ensañaba contra el país y no rectificaba, haciendo gala de su soberbia, su ignorancia y el resentimiento que había cultivado contra todo lo hecho en los cuarenta años anteriores. Yo no tenía ni el estómago ni el grosor de piel para aguantar mucho más; convencido, además, de que todo sería peor. Mucho peor.
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Ese 16 de agosto se hacía insoportablemente largo y seguían las preguntas. La incertidumbre. Pero de repente —ya serían las siete de la tarde—, después del rosario de recuerdos y del rebobinado desde 1999, acerté a encontrar una respuesta que me cambió la perspectiva: ¿Y qué pasa si no hubo trampa? ¿Qué pasa si de verdad 60 % de la gente votó para que Chávez se quedara? Pues que el pronóstico sería igual o peor que en el caso del fraude, porque una sociedad que tiene cinco años viendo el desempeño del chavismo —su deriva dictatorial, sus pocos escrúpulos, su incapacidad— y es capaz de darle el apoyo mayoritario que reflejaban los números del CNE no quiere entender lo que se nos viene encima. No comprende lo que significa vivir en democracia. No tiene conciencia de que le está regalando el país, otra vez, a una banda de marginales que viene a destruirlo todo —comenzando por la economía y terminando con las libertades—, una banda que ya ha dado suficiente evidencia de que eso es lo que sabe, y quiere, hacer.
Las conclusiones estaban ahí, a la vista, impelables. Debe haber algún sitio con una mejor vida —presente, pero sobre todo futura—, Eric Burdon dixit. Si el gobierno ganó el revocatorio haciendo fraude, yo no quiero quedarme expuesto a un sistema en el que no es posible sacar a un régimen tramposo por medios democráticos. Y si Chávez de verdad sacó los votos, aquí el que sobra soy yo.
MEMORIA

María Teresa del Toro nunca
estuvo en Canarias
SEBASTIÁN DE LA NUEZ
La memoria del habitante de la diáspora se enriquece precisamente por su condición de emigrante. Desde la primaria, los venezolanos se han familiarizado con la figura de Simón Bolívar y su gesta emancipadora. Con el tiempo, esa figura atenúa su brillo heroico y revela matices más humanos, a veces mundanos e, incluso, veleidosos. La faceta del mujeriego que pudo ser Simón Bolívar toma fuerza y vuelve vulnerable el mármol que le reviste; su casamiento con una joven perteneciente a la corte madrileña ―su padre era hijo del segundo marqués del Toro― tendrá, más temprano que tarde, un final abrupto y dramático al fallecer María Teresa en Caracas a los pocos meses de su arribo. En esta crónica, un acercamiento al sitio de donde salió la familia que procreó a la mujer que primero robó el corazón al Libertador.
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Teror es el pueblo de la familia política de Simón Bolívar, los marqueses del Toro. Es una localidad de unos 13 mil habitantes al norte de la isla de Gran Canaria. Desde allí se envían actualmente a San Antonio de los Altos ―estado Miranda― cargamentos de medicinas: la diáspora local es el enlace con el municipio Los Salias.
Teror es una villa soleada y por lo general llena de turistas, sobre todo europeos que han llegado desde el frío buscando verdor, sosiego pueblerino y mazapanes, bollos y bizcochos típicos. Lo mejor de Teror es su gente, su empeñosa calidez primaveral, y las calles bucólicas sin un papel que las ensucie.
Se ha tejido una leyenda en torno a María Teresa del Toro, muchos creen que ella nació allí pero no es cierto; ni siquiera estuvo durante su breve paso por este mundo. Nació en Madrid el 15 de octubre de 1781. Su familia se hizo un nombre y un lugar en la cerrada sociedad española de aquellos siglos; esa familia salió de este terruño.
En Teror se concentra ―en su basílica, en cada uno de los hogares― el culto a la Virgen del Pino, patrona de la isla de Gran Canaria. El viaje en autobús, o guagua, para llegar a Teror desde la capital de la isla, Las Palmas, pudiera ser semejante al recorrido de Cristo camino del Gólgota. Los choferes a menudo exceden la velocidad permitida; sin embargo, podrían manejar con los ojos cerrados, de tanto que se conocen cada palmo. Por la estrechísima carretera, en su mayor parte, apenas cabe el colectivo. En Teror han estado Rafael Caldera y Jaime Lusinchi, no al mismo tiempo; y sí, María Teresa Bolívar es una constante en este pueblo: su plaza más bonita lleva su nombre.
La plaza existe desde 1958, se encuentra exactamente a unos setenta metros en diagonal a la basílica Nuestra Señora del Pino, principal referente del pueblo. La plaza se edificó en los terrenos que antes fueron la huerta de Luisa y Elvira del Castillo, parte de la propiedad de la familia Rodríguez del Toro; de modo que el sitio perteneció a los antepasados de María Teresa.
Fue la suya una de las primeras familias que se asentaron en estos fértiles parajes; eran labriegos. Lo curioso de esta plaza es que, de un lado, hay un busto de Simón Bolívar, y del otro, uno del cronista Néstor Álamo. María Teresa no aparece salvo en la placa que le da nombre al sitio y en una breve inscripción en la pared sur. Al parecer, no hubo nunca intención de reproducir su imagen pues el único retrato que había o hay de ella es la recreación que Tito Salas hace de su boda. O, al menos, eso era lo que se tenía por cierto en Canarias hace setenta años. Al parecer, no era de fiar el óleo de Tito Salas. En Canarias es una tendencia muy marcada (como en toda España) la lucha feminista por la reivindicación de la mujer. Pero suceden cosas como la de esta plaza: se inaugura en memoria de una mujer pero los bustos aluden a dos caballeros.
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Bernardo Rodríguez del Toro, quien marchó a Venezuela en 1675, uno de tantos canarios en busca de fortuna, dejó nueve hermanos en Teror, de modo que desde el siglo XVII para acá la familia de la que sería el amor juvenil de Simón Bolívar y su única esposa, tuvo oportunidad de mezclarse y diseminarse con otras muchas familias de la isla, entre ellas los De la Nuez. Es lo que me trae a estos lares, toda vez que mi padre siempre puso en valor nuestro nexo con el Libertador (nexo político pero nexo a fin de cuentas), pero ahora sé que casi la mitad de la isla grancanaria ha tenido la oportunidad de enorgullecerse de lo mismo, si a ver vamos.
Los bancos de esta plaza representan a Tenerife y Gran Canaria, las dos principales islas del archipiélago. Néstor Álamo (1906-1994), cronista de la villa en los años cincuenta, impulsó el proyecto durante su gestión en el ayuntamiento. Álamo fue un genio múltiple, desde contador a archivólogo, pasando por compositor musical y paleógrafo, entre otros menesteres. Aun cuando no supiera dibujar, sabía transmitir sus ideas, y con los bancos y los demás elementos de la plaza eso fue lo que hizo, trabajando conjuntamente con el artista Santiago Santana, que sí era dibujante y diseñador al servicio del ayuntamiento.
Si el visitante se sienta un rato en la plaza de María Teresa de Bolívar, acaso en día sábado, verá pasar a tres o cuatro viandantes cortando camino transversalmente hacia la siguiente cuadra; algunos turistas rubios se tomarán fotos. La plaza forma parte de un conjunto histórico declarado así desde 1979.
José Luis Yánez, cronista oficial de Teror, nació en el barrio El Palmar, que queda algo lejos, en el límite con otro pueblo grancanario, Arucas. La familia de los Yánez procede de Tenerife (en realidad era el Yanes de origen portugués), sus antepasados han estado dedicados al comercio y a la política. También José Luis tiene en su árbol genealógico algún Rodríguez del Toro. Su abuelo fue alcalde de barrio; su padre, alcalde de Teror. Aparece en las fotografías (aunque no en la que se reproduce aquí) del día de 1980 en que el expresidente venezolano Rafael Caldera llegó e inauguró el busto de Bolívar.
José Luis era un mozalbete y asistió al acontecimiento. Caldera rindió homenaje a los municipios que antes eran uno solo: Valleseco y Teror. Valleseco tiene un barrio que se llama Monagas, y está a más o menos quince kilómetros de Teror, cuesta arriba. Hasta el siglo XIX todo esto formaba un solo municipio. De modo que hay un busto idéntico de Bolívar en Valleseco, pues los Hernández Monagas procedían de allí. Bien se sabe que un estado venezolano ―mestizo, petrolero y musical― lleva el apellido.
Recuerda José Luis al dueño de la casa aledaña a la plaza tomando fotografías desde su azotea mientras discurría el protocolar acto; recuerda la algazara y la curiosidad del gentío circundante. ¿La actitud de Caldera? Muy cercana, muy de llegar a la gente. «La relación de Teror con Venezuela es palpable en todo, hasta en el hermanamiento con San Antonio [de los Altos]», dice Yánez. «Además, los Rodríguez del Toro tuvieron mucho que ver con la independencia de Venezuela».
La casa de tres ventanales en su parte frontal y la balconada de madera
Es una de las que pertenecieron a la familia Del Toro y hoy está en manos del ciudadano Virgilio Navarro.
Teror es una parada obligatorio para los devotos de la Virgen del Pino: he allí un punto fuerte para el turismo interno. Sin embargo, al ayuntamiento local le interesa sobre todo el turismo externo. Según las cifras que maneja Laura Quintana ‒concejala de Turismo del ayuntamiento por el PSOE, administradora de Empresas con especialidad en marketing‒, unos 200 turistas diariamente visitan Teror. Está llegando mucha gente del norte de Europa, afirma, pero ella no tiene feedback de quienes visitan esta plaza. Laura sabe de las rutas que se organizan, de lo que consume el turista o si se hospeda en el lugar y por cuántas noches; pero, claro, no se le hace cuestionario alguno para saber, al final del día, si le ha quedado idea sobre María Teresa Bolívar o acerca del propio Simón Bolívar. Laura sí sabe que a los turistas les encanta un bocadillo de chorizo.
Un encuentro musical anual lleva el nombre de María Teresa Bolívar. Se realiza en la plaza de Cintas; la cita atrae mucha gente y Cintas es la plaza más amplia de la villa, la más cómoda para montar la tarima. Se celebra desde 1988. Se le dio ese nombre porque María Teresa es la figura que mejor enlaza o unifica la América hispanoparlante con Canarias, argumenta la concejala. La convocatoria musical representa o recoge eso. Es un encuentro de solistas y agrupaciones de ambas orillas. Lo subvenciona el Cabildo de Gran Canaria.
Todas estas cosas y otras más ―hay un modo de ser y hablar del canario que lo acerca mucho al venezolano y al cubano― están en los cimientos de una relación que cruza y descruza a menudo el Atlántico.
Esta fue la historia
Uno de los descendientes de Bernardo Rodríguez del Toro, nacido en Venezuela, su nieto Bernardo Rodríguez del Toro y Ascanio, viajó a Madrid en el siglo XVIII. Allí se casó con doña Benita de Alaiza, aristócrata vallisoletana ―o sea, de Valladolid, que en tiempo remoto fue capital del reino de Castilla― afincada también en la Corte. De su matrimonio solo nació una hija el 15 de octubre de 1781, en Madrid. María Teresa Rodríguez del Toro. Sería la novia y la esposa de Bolívar. En la cosmopolita Madrid de hoy ya no está en pie ni la casa de los Rodríguez del Toro ni la iglesia donde se casaron los jóvenes. En la calle Fuencarral apenas puede atisbarse, sobre el anuncio de un estanco, medio oculto por el ramaje de un árbol, una placa:
EN ESTE LUGAR ESTUVO SITUADA LA CASA
QUE HABITÓ DOÑA MARÍA TERESA RODRÍGUEZ DEL TORO,
ESPOSA QUE FUÉ DE SIMÓN BOLÍVAR, GENIO DE LA RAZA
Simón Bolívar conoció en 1801 a María Teresa. Después de un aplazamiento impuesto por el padre de ella debido a la juventud del pretendiente que sólo tenía 18 años, contrajo matrimonio con ella el 20 de mayo de 1802. José Luis, el cronista de 62 años de Teror, dice en torno a la memoria canaria sobre la joven: «La figura de ella se recupera en ocasiones concretas y hay que recordarle a la gente quién es. Unos creen que era de Teror, otros, que era venezolana. En realidad era madrileña».
La calle donde estuvo la primera escuela de Teror, fundada por el presbítero Domingo Navarro del Castillo en 1790, está a media cuadra de la basílica, casco central de Teror. Sobre el solar que fue de aquella escuela se halla actualmente la biblioteca municipal. La calle viene subiendo y José Luis explica que este fue el Camino Real de mar a cumbre; por aquí, por donde estamos, se convierte en la Calle de la Escuela, y allí hace esquina el caserón que alguna vez fue de los Romero y antes de los del Toro; el dueño de ahora, Virgilio Navarro, no sabe nada de María Teresa del Toro y tampoco parece necesitar saberlo porque, al pasar por la cafetería donde estamos el cronista y yo tomándonos un cortado, el hombre se ve ensimismado y risueño. Tiene cara de heredero que está en paz con Hacienda. Eso es todo. Heredero de los vestigios catastrales ―que con el tiempo y el progreso se han revalorizado mucho― de una familia legendaria. Pero nada parece sacarlo de su ensimismamiento. José Luis lo detiene para presentármelo. Navarro es amable, y amablemente sigue su camino. De la esquina del caserón hacia arriba, Calle de la Herrería: allí había, en efecto, una herrería donde estuvo de visita Unamuno durante su destierro en Canarias. Hay una placa que lo recuerda.
José Luis, por su parte, compró hace unos años el convento de la calle de la Herrería a las Hijas de la Caridad, y allí se encuentra instalado, casa amplia y muy floreada que va de un lado al otro de la cuadra: tiene salida por dos calles paralelas.
Una vez hubo, muy cerca, un museo o cosa parecida que le rendía homenaje a los del Toro, pero fue cerrado. No quedan sino vestigios, una plaza, un festival musical que poco se habría parecido a la chica que enamoró a Bolívar. El nombre de María Teresa del Toro puede que aparezca en libros de historiadores canarios, que su figura sea evocada en alguna serie de TV o dentro de una hagiografía de los canarios que se sumaron al proceso independentista en América del Sur. Pero ella será una especie de sombra un poco fantasmal, un nombre para señalar la fugacidad y la vulnerabilidad en un muro desenfocado.

