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ANÁLISIS
 

¿De cuál transición estamos hablando?

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Leonardo Vivas

LA GACETA VIRTUAL pasó un cuestionario a una serie de analistas, colocados en distintos puntos de mira, con diferentes enfoques, acerca del proceso de transición que, en teoría, ha de desarrollarse en Venezuela en cualquier momento. Este texto resume y comenta las respuestas. El trabajo lo completa un miembro de la Mesa Editorial que fue testigo en varios procesos de transición a ambos lados del Atlántico

El politólogo venezolano Ángel Álvarez ha dicho insistentemente que solo una fuerza bruta equivalente o mayor a la de quienes ejercen el poder en Venezuela va a lograr su desplazamiento. La situación actual que vive Venezuela, de máximo aislamiento (interno y externo) de la cúpula que administra al actual régimen, de crisis económica y humanitaria constante y más recientemente de abierta confrontación por parte de EE. UU. tiende a acercarse a ese horizonte. Lo difícil consiste en establecer si esa circunstancia puede conducir a la tan mentada transición. Naturalmente, acá no se intenta conseguir la cuadratura del círculo, pero si al menos hurgar en distintas visiones sobre esta circunstancia que les quita el sueño a los venezolanos dentro y fuera del país.

En los textos que les presentamos acá hay de todo, como en botica. Por una parte, una deliciosa y poco circunspecta narración del veterano periodista Francisco Figueroa sobre las cinco transiciones que vivió y reportó en carne propia. Además, les presentamos distintas voces, algunas cercanas al sector opositor dominante encabezado por González Urrutia y María Corina Machado, así como otras más alejadas de el que reflexionan sobre un posible (o no) cambio político. Figueroa nos pasea por las transiciones de España, Portugal, Chile, Brasil y Paraguay, entremezclando unos cuatro factores que arman el complejo juego político y militar que tuvo lugar en cada uno de esos países. Yo mencionaría los siguientes: a) el papel del autócrata saliente; b) las organizaciones principales de la transición; c) el mecanismo disparador y d) el peso del contexto internacional y los países dominantes en cada caso. Por su parte, los otros comentaristas debieron circunscribirse más disciplinadamente a las preguntas de LA GACETA.

Por lo pronto, Figueroa nos comenta que, de los dictadores salientes, uno murió (Franco), Salazar fue depuesto por un golpe militar, a Stroessner lo traicionaron, Pinochet quedó en minoría en la Junta Militar chilena y finalmente Figueiredo dejó hacer mientras se retiraba a su hacienda. Claramente, Maduro no se ajusta a ninguno de esos escenarios pues no quiere salir “ni por la buenas ni por las malas,” lo cual naturalmente está por verse. Respecto a su salida del poder, nuestros entrevistados difirieron, uno de los cuales negó rotundamente ese escenario en las condiciones presentes, mientras otra planteó dudas, no sólo sobre la salida del dictador actual sino sobre la sobrevivencia de un régimen de transición o sobre la durabilidad de una reemergencia democrática definitiva mientras no haya alternabilidad política. Otra entrevistada se refirió a la dificultad de definir los tiempos en que pueda ocurrir el cambio político.

En torno a las organizaciones principales de la transición, Figueroa nos pasea por varias vertientes: el papel del rey y las organizaciones herederas del franquismo en España, el paso al costado del ejército y la orientación fuertemente centrista de la oposición democrática en Chile, el larguísimo plan centrado en la permisividad del ejército (que terminó acelerándose) en Brasil, el gatopardismo del Partido Colorado en Paraguay que perdura hasta hoy y el predominio moderado en el ejército en Portugal, aunado al centrismo de la mayoría de los partidos democráticos. En Venezuela el panorama luce borroso, pero todos los comentaristas insistieron en la necesidad de la participación institucional de la fuerza armada, como fuente de estabilidad o como mecanismo para la preservación del orden y el combate a las fuerzas irregulares que seguramente se mantendrán. Se hizo mención expresa a la debilidad que representa la falta de unidad y comunidad estratégica de la oposición venezolana, aunque para otros lo más importante es el reconocimiento del liderazgo del presidente electo y de la principal lideresa opositora. Sería tan fundamental ese liderazgo que alguno de los entrevistados no dudo en plantear, que en Venezuela podría ocurrir una “fiesta democrática”.

Respecto al mecanismo disparador, de nuevo siguiendo a Figueroa, en España fue la muerte de Franco, en Portugal el malestar en las fuerzas armadas y el colapso de su debilitado poder colonial, en Chile el plebiscito, que puso a Pinochet contra la pared hasta tener que ceder ante la presión de su propio ejército, en Paraguay la traición en la cúpula y en Brasil el agotamiento económico y de perspectivas futuras del régimen militar, que condujo a su lenta disolución. Aunque nuestros entrevistados no se refirieron directamente al tema, hay consenso en que las elecciones del 28 de julio del año pasado representan un punto determinante que hoy nos permite a los venezolanos incluso plantearnos la posibilidad de una transición. Otra de las entrevistadas se refirió a que la dificultad principal estriba en la naturaleza del régimen venezolano, que no es igual a ningún otro donde ocurrieron transiciones a la democracia. De allí que es necesario el uso de la fuerza como herramienta legitima para desalojar al madurismo del poder. Dice incluso que muy probablemente sea un proceso “inédito y novedoso”.

Finalmente, el contexto internacional, que es muy claro (e incluso dramático) en el caso venezolano pero que también estuvo presente y de manera significativa en todos los casos narrados por Figueroa. Aunque no el factor más decisivo, en Chile el aislamiento internacional de Pinochet era muy fuerte, casi tan extremo como en el caso actual de Maduro y aunque no fuera tan grave en Brasil, si dejó descolocado a Stroessner, a quien si se quiere EE. UU. abandonó por completo. En España, aparte del papel de los EE. UU, la emergencia de la unión económica en Europa como opción estratégica continental tuvo gran importancia y, aunque menor, también en Portugal. ¿Será la presión de EE. UU. el factor disparador en Venezuela? Está por verse, pero al parecer, aunque no discutido a fondo por nuestros entrevistados, muy difícil que ocurra sin su presencia. Algunos de nuestros entrevistados plantearon opciones distintas, como por ejemplo el hecho de que la presión militar estadounidense estaría generando el resultado opuesto: mayor atrincheramiento en la cúpula o, de ocurrir el cambio político, generar más caos. Una opción distinta pudiera ser el papel de países de la región que pudieran conducir a un escenario como el del grupo Contadora a fines del siglo pasado. Dejo a la curiosidad del lector el planteamiento de si algún país o grupo de países pudieran cumplir ese papel hoy en día. ¿Brasil, Colombia, Chile o algún otro?

En cuanto al día después, tema al que no se refirió Figueroa en su narración, para nuestros entrevistados la visión varió del cielo a la tierra. Algunos mostraron gran certidumbre en la capacidad del liderazgo opositor para adelantar los cambios institucionales en los distintos poderes y el papel decisivo de la fuerza armada, una vez la cúpula fuera del poder, en mantener el orden. O la posibilidad de replantear un giro económico y social más allá del necesario corto plazo de rescate social, humanitario y económico del país. Para otros eso simplemente no está planteado por la naturaleza de la estructura social y el empoderamiento de la población más pobre, hoy convertida en una suerte de muro de contención frente al cambio. O la dificultad de conseguir un mínimo consenso opositor pudiera conducir a la ingobernabilidad, sino al caos. En todo caso, dada la incertidumbre de tantos factores es muy difícil prever el “como” y el “cuando” pueda ocurrir una transición en nuestra adolorida Venezuela.

Respecto a las diferencias entre los venezolanos de “afuera” y los de “adentro”, ninguno de los entrevistados las planteó como insuperables. Una de ellas se refirió a la necesidad de que en el futuro la diáspora tenga representación parlamentaria para que su voz no se pierda.
 

Steve Levitsky (Nueva York, 1968), politólogo y docente en la Universidad de Harvard, es la primera persona entrevistada en los foros de la Mesa Editorial de GACETA VIRTUAL. Su libro más conocido, Cómo mueres las democracias, escrito al alimón con Gabriel Ziblatt, es una referencia entre los interesados en las mecánicas coincidentes en regímenes «autoritarios competitivos»
 
Es docente en la Universidad de Harvard. Sus libros son referencia entre los interesados en las mecánicas de los regímenes «autoritarios competitivos». Se ha especializado en la región latinoamericana. Piensa en Nicolás Maduro y se acuerda del dictador Somoza. Aquí tocó temas diversos, pero la ola derechista que avanza el hemisferio occidental fue un tema recurrente.
Este foro lo coordinó Leonardo Vivas; asistieron, además, Alberto Rial, Francisco Figueroa, Miguel Génova, Carole Leal y Sebastián de la Nuez.

LV: Sean todos bienvenidos. Vamos a comenzar esta serie de foros con la Mesa Editorial con el profesor Steve  Levitsky. El primero en plantear una pregunta será Francisco Figueroa.

FF: ¿Cree usted que la derechización-trumpización de América Latina es inevitable a corto plazo? Ahí está Chile: más de dos tercios del voto a la derecha y el filonazi-pinochetista Kast con un pie en La Moneda. En marzo va a las urnas Colombia, con el antipetrismo en auge; en abril, el Perú imprevisible, inventor del antivoto, y el ultracatólico y ex alcalde limeño López-Aliaga en danza; y en octubre Brasil, de nuevo con Lula versus el bolsonarismo cabeza con cabeza. Consideras que el avance de la derecha en América Latina y lo estamos viendo por último en Chile es por pura imitación, una ola que como toda moda es pasajera o crees que estamos en medio de un cambio de paradigma ideológico y también ante un retroceso de las libertades y los derechos civiles en nombre del populismo liberalista ¿Quo vadis, Latam?

SL: Primero estamos viviendo un momento de derecha iliberal, no en todo el mundo pero más fuerte en Argentina que en todas las demás regiones. No es solamente de moda o importado desde América Latina o desde otros países. Hay raíces domésticas seguro, por lo menos dos. Primero hubo una ola muy fuerte de gobiernos de izquierda en la región que venció mucho en el corto plazo por el boom pero cuando un partido o una fuerza política tiene la suerte de gobernar por diez, doce o quince años, sobre todo en países con estados no tan fuertes y un alto nivel de desigualdad va a terminar con un abuso de poder o un nivel de corrupción inevitable, y los gobiernos de izquierda por lo general terminaron mal y eso generó un rechazo, que se vio en Brasil, que se vio en Argentina y en otros países, entonces es una parte orgánica de la ola de derecha. Entonces es una reacción a los gobiernos de izquierda que en muchos casos terminaron mal. Segundo, el tema de seguridad siempre favorece a la derecha, y normalmente una derecha iliberal, y el tema de seguridad, crimen y violencia es muy profundo en América Latina. Casi en la última década, sin duda en los últimos cinco años en todas las encuestas casi sin excepción el tema principal para el votante en América Latina es el tema de seguridad y nunca vas a ver a la izquierda beneficiando a una crisis de seguridad. Entonces esos dos factores, el hecho de que estamos en un momento antioficialista donde los electorados tienen un altísimo nivel de descontento; el statu quo en la última década en muchos países de izquierda, entonces la gente votó en contra, y eso fue reforzado por el tema de la inseguridad. En términos ideológicos hay una nueva tendencia hacia la derecha iliberal; Estados Unidos está aportando su parte pero está también Orban y otros elementos en Europa. Sin duda, hay cierta difusión ideológica que se ve en América Latina, pero creo que las raíces son domésticas. Es muy difícil saber si eso amenaza la libertad en América Latina; en Estados Unidos la derecha iliberal está atacando las instituciones democráticas; en América Latina es muy temprano para saber; Bollonado fue una amenaza pero no tuvo mucho éxito, las instituciones resistieron; Milei, con todo su discurso violento, no ha atacado las instituciones democráticas y las libertades en Argentina siguen más o menos intactas; en Chile no me parece  no me parece que las libertades básicas estén en peligro. Así que hasta me parece que la herencia es mixta. A mí no me gusta mucho la derecha antiliberal pero no estoy convencido de que necesariamente sea una amenaza.

LV: Mucha gente habla de la crisis de la democracia en América Latina. Uno puede ver que ha habido alternancia en la democracia; si hay alternancia, se sabe que esas democracias son más robustas que si no la hay. Además, si comparamos con el siglo pasado, se pueden contar las dictaduras apenas con los dedos de una mano. ¿Qué piensas tú, está en crisis la democracia en América Latina?

SL: Es un gran tema de debate, no solo en AL sino globalmente. He participado mucho en esas discusiones y estoy ahora, al menos pesimista. Salvaría dos cosas: primero, las condiciones para la democracia, en muchos sentidos, son mucho menos favorables hoy que en los años noventa; los peligros, las amenazas, son mucho más graves que hace treinta años. Sobre todo, el ambiente internacional ha cambiado. Es dramático. En los años noventa el occidente liberal (Estaos Unidos y Europa) gozaban de cierta hegemonía ideológica, económica y militar. Se promovió la democracia como nunca antes y como nunca después. El costo de un golpe de Estado, o autogolpe, o de no recocer una elección, era altísimo. Entonces era muy difícil establecer o mantener un régimen autoritario en ese periodo. Hoy en día, con los cambios geopolíticos, el declive relativo de Estados Unidos, es totalmente diferente: la democracia liberal ya no es el only game in town, resulta mucho más fácil ser Ortega o Bukele que antes. Entonces, tenemos que medir la situación según esas circunstancias. En muchos casos (estoy hablando de democracias, no necesariamente de Venezuela) tenemos la formación de una tormenta perfecta en términos de descontento público: la economía en la mayoría de los países de AL ha ido entre mediocre y mal en los últimos diez años; el problema de la inseguridad es muy serio en creciente número de países; por otra parte, la pandemia tuvo un efecto terrible pues AL fue la región en el mundo que sufrió más sus efectos adversos; además, casi todos los países sufrieron escándalos de corrupción de altísimo nivel, involucrando en ocasiones al presidente o vicepresidente. Entonces, uniendo todas esas cosas, el descontento social con el status y con la democracia es mucho más alto que hace veinte años.

Así, clima internacional no favorable más clima doméstico no favorable, ¿empíricamente cómo está la democracia? Según mi cuenta, hay once democracias en América Latina hoy; hubo once democracias en AL hace diez años, aunque son inestables: ha bajado un poquito su nivel, pero no mucho. Dalas las circunstancias, a veces difíciles, duras, hay más o menos el mismo nivel de democracia hoy que hace 20 o 25 años. Para mí eso demuestra cierto nivel de resiliencia.
 
SN: Quisiera saber a qué se debió su acercamiento y su interés a la América Latina, esa sensibilidad ante sus desastres, esa capacidad de deslumbrarse ante el populismo. Aparte de tener una esposa latinoamericana, quisiera saber si hubo alguna película o algún libro que le movió en esta dirección. Me supongo, tal vez, ¿cosas como «Estado de sitio» en el cine o «Cien años de soledad» en literatura?

SL:
La literatura, el cine y la música durante mi etapa universitaria me interesaron mucho, vinieron a consolidar mi amor por AL. Sin embargo, no fueron la atracción inicial. Ya había entrado en el mundo de América Latina, soy politólogo hasta el alma y fue la política lo que me atrapó cuando era joven. En los últimos años de secundaria y al entrar en la Universidad, estamos hablando de mediados de los años ochenta, fin de la época de las dictaduras, y una época de guerra civil en Centroamérica, gobierna Reagan en Estados Unidos, que estuvieron muy involucrados en esas guerras civiles (Nicaragua, El Salvador, Guatemala…) y para mí la primera atracción, como joven idealista, un poco izquierdoso, fue el tema de las injusticias y los Derechos Humanos. Empecé como crítico del gobierno de Reagan, de su político hacia AL; empecé como activista. Hasta que llegué a la Universidad y tuve la oportunidad de estudiar. Allí empecé a leer y a conocer la cultura de AL, y fui allá. El primer país fue Nicaragua, el fin de la revolución sandinista, un momento terrible en ese país; la tasa de inflación era de 33 mil por ciento. No había comida. Eran tiempos muy difíciles. Me enamoré de la región y formé parte de los activistas que viajaban a Nicaragua en solidaridad con la revolución.

Yo no soy partidario de las intervenciones militares en América Latina y eso genera discusiones muy interesantes ante lo que estamos viviendo con Venezuela hoy, pero empecé como idealista, como activista, muy crítico con la política de Washington, eso fue la atracción inicial y en la Universidad pude conocer aspectos más culturales, más sociales. Mi esposa vino mucho después.

AR: ¿Por qué cree usted que Trump ganó las elecciones? ¿Es una reacción al wokismo? ¿Fue la torpeza de los demócratas al dejar a Biden ser candidato? ¿O será que de verdad está sucediendo un cambio cultural en la sociedad norteamericana?

SL:
Es posible que la cultura esté cambiando. Voy a contestar en dos partes, que creo son los factores más importantes: Yo no creo que sea el wokismo, la gran mayoría de los letrados no sabe qué es eso. No creo que el partido demócrata haya sido demasiado de izquierda; el factor principal fue el de la oposición, Dos elementos claves acá: primero, EEUU tiene un sistema bipartidista: si no te gusta el gobierno, vas a votar por la oposición. El partido de oposición es el Republicano, Y el Partido Republicano acordó apoyar y seguir apoyando a un criminal que había atentado abiertamente contra democracia. El electorado lo tomó como única alternativa.

El otro factor: los electores están súperdescontetos, súper rabiosos: eso se combina con los efectos del Covid, de la inflación, hay varios estudios que muestran el uso de los medios sociales que están erosionando la erosión la confianza en las instituciones y en las élites, pero, en combinación, se ve en todas las democracias occidentales, en AL, en EEUU ….la gente está harta de sus gobiernos, de sus políticos, y están casi siempre con tendencia de votar por la oposición; y simplemente conté los resultados de todas las elecciones en Europa occidental oriental, AL y en el nortea partir de 2020, cuando hubo la pandemia, estalló la pandemia, y elecciones : el oficialismo gana en el 20% de las elecciones del mundo democrático.  En Estados Unidos, las elecciones van a ser decididas por el veinte por ciento que no tiene ideología clara, que no participa mucho en la política, los que no prestan demasiada atención a las noticias, ya que el otro 80es leal a su partido, o el Demócrata o el Republicano. Ese 20 por ciento en EEUU votó por Trump, porque estaban hartos de los precios y del status quo. El comportamiento de Biden no ayudó. Viendo las cosas desde ahora, si el Partido Demócrata quería ganar la elección, tenía que echar a Biden, o descartarlo., y también a Kamala y postular un candidato más outsider. Alguien que estuviera dispuesto a criticar a Biden, porque Biden no era popular. Un dato muy importante: un exit poll a boca de urna, de CNN, y encontró que 73 por ciento de la gente que votó en la elección del 2024 consideraba que el país iba mal. ¿Cómo iba a ganar el oficialismo si más del setenta por ciento de la gente que llega a votar dice que el país va mal?

Lo otro fue el comportamiento de la élite: Trump no tenía que haber sido candidato, pudo haber sido marginado del juego tal como lo fue Bolsonaro. El Senado decidió abstenerse, no votó por su expulsión, el Poder Judicial tampoco hizo nada, y el Partido Republicano decidió postularlo. De modo que las élites judicial, legislativa y partidista lo normalizaron, lo dejaron candidatearse. En otra democracia, como Brasil, él no llega a ser candidato.

Estamos en un mundo con altísimos niveles de descontento; todos los campos, de izquierda, centro o derecha, gobiernos democráticos o autoritarios, están viviendo este fenómeno. Para mí esa es la causa principal.

CL: ¿Estados Unidos es hoy un autoritarismo competitivo o está a las puertas de lo que llaman un régimen híbrido?

SL:
Les cuento que hace 25 años que escribí el primer artículo, en la época del 9/11, y algunos me preguntaron si Estados Unidos fuera considerado un caso de autoritarismo competitivo. Nuestra respuesta fue que no, claro que no, jamás pensé que iba a escribir una nota en The New York Times, este verano de 2025, diciendo que EEUU se había cruzado la línea del autoritarismo competitivo; es un caso suave y totalmente reversible, Hoy en día no llamaría plena a la democracia de Estados Unidos, como hace varios años. El uso de varias instituciones del Estado como arma para hostigar o criticar a los críticos, a los medios o presionar al sector privado, a las universidades, a las empresas de abofados: todo eso ha empezado a inclinar un poco la cancha no de una manera fatal, necesariamente, pero de una manera injusta, contra la oposición. La medida que utilizamos en el artículo del NYT es lo siguiente: ¿cuál es el costo de oponerse al gobierno, legalmente? En una democracia, es casi sin costo. Firmar una carta criticando al gobierno o financiar un medio de comunicación independiente no implica un costo en democracia; en un régimen autoritario sí, hay un costo si se opone al gobierno. Hoy en día, por ejemplo, los empresarios que financian al Partido Demócrata saben que es muy posible que haya una investigación de sus impuestos. Los críticos públicos saben, también, que podrían ser investigados, ahora, por el Ministerio de Justicia. Hay un costo de oponerse al gobierno: no es el costo de su vida, no es el exilio (por suerte) pero sí vas a pagar un precio; para mí eso es cruzar la línea, no por mucho pero la cruzamos.

CL: Me estaba preguntando qué sentido tiene seguir utilizando ese sinuoso concepto de democracia, con esa larga historia de resignificaciones. La pregunta que me hago hoy en día, viendo toda esa derechización iliberal (por cierto, muy presente en Europa, y marcada además por el problema de las migraciones, pero también en Estados Unidos y América Latina), es: ¿cómo vamos a repensar en el siglo XXI el concepto mismo de democracia?

SL:  
La pregunta es muy buena y sospecho que tienes razón. Parece que el concepto de la democracia liberal en el siglo XXI, sobre todo en esta década, está perdiendo sentido; pero, caramba, soy un politólogo muy del mainstream, estudio los regímenes reales como están en el mundo; he vivido en regímenes no democráticos, sobre todo el Perú de Fujimori o la Nicaragua de los sandinistas pero también en lo que llamamos, para bien o mal, democracia. Me parece que todavía hay dos instituciones que vale la pena distinguir: una es la alternancia electoral, o sea, si los ciudadanos tienen o no el derecho de cambiar un gobierno que no les gusta. En Venezuela eso se ha perdido hace rato, en otros países de AL sigue existiendo: esa diferencia importa.
Lo segundo son los derechos civiles. La libertad de alguien que camine frente a la Casa Blanca y grite “el presidente es un payaso” o mi derecho a escribir una columna criticando a los que tienen más poder que yo, que son muchos. Hay países en AL donde puedo hacer eso y otro en que no. Me parece que la diferencia es enorme, sigue siendo un valor importante. Estoy totalmente abierto a que gente más joven y más brillante pueda concebir o re-concebir pero, para mí, la democracia liberal definida en el siglo XXI sigue teniendo valor.

AR: Todos sabemos acerca del despliegue militar que se ha hecho en el Caribe, obviamente para amenazar al régimen de Maduro, presionarlo… hay una gran incertidumbre y la verdad es que no sabemos lo que va a pasar. Vamos a poner la hipótesis y es un camino de neutralización (por llamarlo de alguna manera), y eso quiere decir una bomba o sacarlo del país. Si ese fuera el caso, yo asumo que dentro de Venezuela se formaría un caos, a la hora de decidir quién llena el vacío que se va a producir. Y el que vaya a llenar ese vacío no necesariamente es el que tiene la ley a su favor sino el que tiene la fuerza a su favor. Una fracción militar o el narcotráfico. ¿Estaría EEUU obligado a poner una presencia militar en Venezuela para proteger al gobierno democrático o no ves eso como una posibilidad?

SL:
Como bien dijiste, ni nadie sabe, ni ellos saben, cuál es el plan. En el mejor de los casos, la presión, la amenaza, basta para estimular algo: una renuncia, una negociación, quizás un golpe, y probablemente está apostando por su plan A y simplemente es la presión. De las versiones periodísticas que he visto no parece haber mucho apetito en el gobierno de Trump por una ocupación militar; lo que harían, me parece, es algo como lo que dijiste: ataques con drones y bombarderos, para darle en la cabeza al gobierno. La verdad es que nadie sabe qué pasaría entonces; sin ninguna duda hay un riesgo alto de que ocurra algo parecido a Irak o Siria, un caos, un colapso del Estado, un Estado que viene civil debitándose desde hace 25 años. Totalmente posible. Entonces, no estoy cien por ciento seguro de esto. Es increíble el mal cálculo que hicieron los gringos en Irak.  Y estamos hablando de Condolezza Rice, con un doctorado en Ciencias Políticas. Me enseñó esa materia en Stanford. Sabe de política comparada. Pero no esperaban el colapso del Estado. Pensaban: cortar la cabeza de Hussein y de una manera medio gráfica vendrá la democracia, entonces, no sé cuán diferente es Venezuela: hay actores criminales que no quieren perder lo que tienen y van a luchar por ello. Venezuela no es Irak. Venezuela es un país con historia democrática en una región democrática; no parece posible que nadie que asuma el poder, después de la caída de la cúpula, sin legitimidad, no sienta la presión de llamar a elecciones. Habrá presión del entorno internacional o presión doméstica y eso posiblemente hará que (María Corina) Machado salga libre a la calle. Pero no creo que Trump, o el gobierno norteamericano, si hay caos, se sienta obligado a ocuparse de Venezuela. Trump tiene un montón de problemas. ¿Rubio qué hará? Presionará para una ocupación y un serio esfuerzo para democratizar a Venezuela, y Rubio tiene bastante peso, no estaríamos donde estamos sin Rubio pero este gobierno perfectamente puede olvidarse de Venezuela después de sacar a Maduro y permitir que los colombianos y los brasileños se ocupen. Los gringos, en general, no muestran mucho apetito por la reconstrucción. En ningún país. Y este gobierno menos. Entonces, si no hay una rápida transición hacia algo más o menos democrático, civil, soy muy pesimista respecto al papel de Estados Unidos.

SN: ¿En qué se parecen y en qué se diferencian las personalidades de Trump y Chávez, Orban y Erdogan? ¿Hay ciertas características psicológicas, una tipología, digamos, común?

SL: 
Bueno, sicólogo no soy, así que no voy a ir muy lejos por ese camino. Pero hay que distinguir. Hay unos que simplemente tienen instintos autoritarios, como Maduro; muy autoritario. Como mi primer país en AL fue Nicaragua, yo pienso en Somoza cuando lo veo. Tiene instintos parecidos a los dictadores de Centroamérica y el Caribe de mediados del siglo XX, cree que todas las instituciones del Estado deben servir a sus fines personales; no reconocen instituciones estatales independientes. No puede concebir una derrota; no puede concebirla. Y esa es la regla número uno, no puedes tener una democracia sin reconocer la posibilidad de la derrota. Pero más interesante para mí son las ideologías autoritarias. Ahí hay una idea: en los años sesenta y setenta la ideología más autoritaria en AL y en gran parte del hemisferio occidental era la izquierda revolucionaria. Esta ideología veía las decisiones del Estado y la sociedad como corrompidas por el capitalismo. Entonces había que transformar de arriba abajo el Estado, pero también las instituciones privadas, había que hacer una transformación total y eso, claro, era inevitablemente muy autoritario. Me parece que hoy en día la ideología más autoritaria es la derecha. Eso se ve en Orban y en la gente más cercana al círculo de Trump: la idea de que las instituciones del Estado, y también que el sector privado, las universidades, los medios, Hollywood, todo ha sido corrompido por la izquierda, por el wokismo, por el no sé qué, por los marxistas culturales. Hay gente en el gobierno muy orbanista en ese sentido. Son los partidos los que llevan esa ideología autoritaria, no los individuos.
 
FF: Las armas de Trump apuntan a Venezuela y su garra asfixia a Cuba. Liquidar finalmente el castrismo sexagenario da a quien lo logre una dimensión colosal, y esa es la obsesión de Marco Antonio Rubio, que tiene ambiciones de poder mayores. Le pido a usted que analice el momento cubano de enfermo terminal. Un diplomático ducho en Cuba me la describió el pasado fin de semana como el moribundo del hospital de la película al que su enemigo no necesita dispararle ni ahogarle con una almohada pues le basta cerrar el paso del líquido vivificante que le llega de la inyección vial. El último fluido estimable gotea malamente desde Venezuela. ¿Consideras que estamos a las puertas del derrumbe del herrumbroso castrismo?

SL:
No me atrevo a hacer una previsión sobre el futuro de Cuba. Hemos estado prediciendo  la caída del régimen desde el año 89; es un régimen revolucionario porque nació de una revolución violenta  y yo he publicado un libro acerca de por qué los regímenes nacidos de revoluciones violentas duran tanto: México, Unión Soviética, China, Vietnam.  Nadie me ha pedido consejo, pero yo sí hubiera intentado, en el régimen de Obama, que Estados Unidos se amistara más con Cuba, buscar más la comprensión de Cuba para aislar a Venezuela, y no  al revés, no derrotar a Maduro para derrotar el comunismo cubano sino trabajar con Cuba, y así democratizar a Venezuela. Sin duda ese es el cometido de Rubio. Rubio está aislado. Es casi el único  integracionista en todo el gobierno de Trump, Rubio empuja eso… No hay un consenso a favor de eso. Creo que van a tener dificultades simplemente esperando una política detrás de Venezuela… No sé, lo que dices sobre la gota de petróleo venezolana en Cuba, sí, puede ser, pero también podría haber pasado eso en el año 2021. Cuba ha pasado generaciones en crisis terminal.

 

Noviembre 22, 2025 / Este foro fue realizado vía telemática.

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ANÁLISIS
 

El presidente Donald Trump y el finado comandante Hugo Chávez se parecen más de lo que pudiera imaginarse cualquiera a primera vista: su aversión a la libertad de Prensa, el afán por socavar instituciones democráticas y la socarrona manera de aferrarse al poder son las claves de una hermandad sin fronteras

Steve Levitsky:  

«No estaríamos donde estamos sin Rubio»

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