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SEMBLANZA
Javier y Esther,
coleccionistas







"Esther y Javier no se cansan de abrir el paisaje guardado de la Gran Historia de la Escritura Occidental.
Todo signo refuerza una historiografía, y todo signo es un vestigio cultural.
La caligrafía es un tema históricamente central: Ludovico Vicentino es una clave."
"Esther y Javier no se cansan de abrir el paisaje guardado de la Gran Historia de la Escritura Occidental.
Todo signo refuerza una historiografía, y todo signo es un vestigio cultural.
La caligrafía es un tema históricamente central: Ludovico Vicentino es una clave."













"En los años sesenta, el diseño, en Madrid, estaba en pañales. En ese ambiente se formó, sin embargo, el Grupo 13, que según Javier nunca fueron trece pues a veces eran nueve o a veces 18: se juntaron unos amigos, montaron una exposición en el Museo de Artes Decorativas donde reunieron a los más conspicuos."

En este espacio haremos semblanza de gente común y corriente. Nada de personalidades que acostumbren salir en la Gran Prensa (aunque de vez en cuando podríamos hacer una excepción). Comenzaremos por una curiosa pareja de los instrumentos y máquinas que han hecho, por siglos, letra y signo de la fábula. Esta pareja asentada en Madrid es reconocida en un círculo no muy populoso ni tampoco muy mediático; sin embargo, todo aquel que tenga en España relación con el libro como precioso objeto de culto debe saber quiénes son Javier García Del Olmo y Esther Vilas, frikis ―así los llaman aquí― de la parafernalia que rodea a las imprentas. Todos estos oficios que se relacionan con la manufactura, el diseño, la edición y la promoción del libro parece que han entrado en decadencia. Puede ser. Si es así, el valor de estos dos sabios cobra mayor trascendencia. Están de parte de lo perenne, aun cuando lo perenne ya no sea tan deslumbrante como una pantalla LED. Esther y Javier guardan la fe de los que creen en que la infancia puede durar toda la vida.
Juntos han construido, viaje tras viaje, investigando y haciendo contactos en buena parte de Europa, una colección inconmensurable de memoria e historiografía de las artes gráficas. Sus tesoros trepan por las paredes de un bajo en una céntrica calle de Madrid; se amontonan en gavetas, vitrinas, anaqueles, mesones y cajas. Una parte ―unas 17 mil piezas― ya fue adquirida por la Imprenta Municipal Artes del Libro, donde se supo valorar la Colección Del Olmo & Vilas
¿De dónde nace esta pasión? Hacer una semblanza de Javier y Esther pasa por contar lo más nítidamente posible cómo han compartido conocimiento y entusiasmo por estos miles de objetos, muchos de ellos de una belleza que ya no se usa. Javier y Esther tienen un hijo ya mayorcito a quien, desde luego aman, y tienen esto. No hay gente más ajena a las nuevas tecnologías, las pantallas táctiles y toda esta parafernalia que ha inundado la vida cotidiana. Ellos son otra cosa. No hay pareja en el mundo más en las antípodas de cualquier artilugio digital (aun cuando no desdeñan su uso); Su pensamiento no anda por autopistas de bytes, el vértigo que los envuelve se sintetiza en la cuidadosa filigrana de un buril o una plumilla.
La respuesta al origen de la manía coleccionista debe hallarse en la niñez o adolescencia. Javier estudió con los salesianos de Atocha, la orden de Don Bosco donde forman al alumno en oficios. Entre los oficios, él se encontró con el impresor que es. Las artes gráficas tuvieron su asiento primero en Turín donde y luego en Bérgamo y Verona. En Atocha había mil alumnos internos y mil 500 externos. Y tenían los salesianos una imprenta fabulosa, equipada con máquinas Mediolo (marca italiana) de la primera hornada. Allí, con doce años, ya estaba metido Javier. Recuerda que estaba muy bien montada. Javier se manejaba bien, desde chiquito, en el dibujo. Le solicitaban ilustraciones y hacía pruebas de cajas, de composición manual. En los recreos, en vez de jugar baloncesto o fútbol (el colegio tenía tanto terreno que había campos para eso), prefería ir a la imprenta.
Un día lo llamaron de Edicolor, una empresa bien reconocida. Se fue como aprendiz a los 14 años. Tenían una imprenta de sistema offset aunque también había tipografía y linotipia. Se hacía encuadernación y fotomecánica. Lo más moderno para ese momento. Lo absorbió todo. Ya con 16 años estaba capacitado para llevar el estudio de producción, sabía de fotomecánica, manejaba la insolación de planchas, el proceso tipográfico, la composición manual y sabía grabar planchas. La maquinaria MAN, alemana, era de las mejores a nivel internacional. Empezó en Edicolor en 1962 y estuvo allí hasta 1967, cuando acepta la oferta de un grafista de la Escuela de Basilea: con él aprendió los principios del diseño porque, hasta entonces, lo que había en el ramo eran dibujantes, no se concebía el diseño conceptualmente. Ya se entendía esta área como un asunto de grafismo; sin embargo, no existía oficialmente el reconocimiento del diseñador o grafista, simplemente el sindicato respectivo no permitía sino lo que estaba dentro de un listín de oficios. Norma inamovible. Se hablaba solo de dibujo artístico.
Javier se independizó en 1972 dentro de ese paraguas del dibujo artístico. Al chaval de 16 le ofrecieron en cierto momento, pues, trabajo en serio, con cargo y todo, con remuneración oficial más algo adicional que le darían «por otro lado», como era costumbre en aquella época.
Dice que había algo de romanticismo en la casa familiar. Los padres tuvieron que emigrar desde Pastrana, un pueblo de la Alcarria, pues allí había mucho caciquismo y el trabajo se repartía a dedo. Se mudaron a la sierra, En la sierra ya el niño apuntaba a dibujante. El abuelo le pedía que le hiciera un dibujo a este o aquel otro. Se le daba bien el dibujo. Con seis o siete años hubo algo de precoz en este asunto, Agrega:
―También ha sido la suerte de conocer a gente muy notable en el camino, y yo he sido como una esponja. En realidad no he tenido cursos universitarios, porque no podía permitírmelos. Todo ha sido trabajo mañana tarde y noche dedicado a las artes del libro en general.
Hubo un cliente de la empresa, en cierto momento, que lo vio y le encantó su trabajo. El hombre habló con los propietarios de la imprenta, vascos, y se lo llevó como jefe a su agencia de diseño publicitario. Era un individuo de Basilea. Su empresa se llamaba Estudio 9 de Diseño, porque era el número 9 de la calle Fortuny. Como le quedaban libres las tardes se puso, igualmente, a trabajar en el estudio del diseñador José María Jiménez. Un hombre que se dedicaba, entre otras cosas, a los dibujos animados. También era cartelista. Se había asociado con Augusto Jurado, otra figura del mismo ramo. Además, a la imprenta llegaban clientes que se le acercaban y le preguntaban si podía hacer tal o cual revista. Julio Montañés, especialista en relojería, trabajaba para el Grupo Duward, marca de relojes cuya revista Duwarín erra bien conocida. Se repartía gratuitamente entre los socios del Club Duward. Este Montañés influyó decisivamente en Javier. Montañés Fontenla fue uno de los grandes ilustradores españoles entre los años 50 y 80. Destacó en publicidad y también desarrolló una trayectoria en el mundo editorial: ilustró libros, tuvo éxito en comic. Dibujaba para tebeos Thomas Kind y El Coyote. Fue una figura estelar en la revista a la que alude Javier, Duwarín.
Había clientes que se le acercaban y le proponían, pues, trabajo a destajo, como el caso de esa revista que dibujaba Julio Montañés. También seguía diseñando la revista Do Bosco, para los salesianos.
Referencias para él han sido Harney Hoffmann, Pierre Mendell, el grupo Pushkin de Chicago y Saul Bass (1920-1996), diseñador gráfico estadounidense muy reconocido por sus carteles cinematográficos y el diseño de identidades corporativas. Su fama data sobre todo a partir de 1954, cuando el director Otto Preminger le invita a realizar el póster de una película, Carmen Jones. Otro icono para esta pareja es el neoyorquino Herb Lubalin (1918-1981), diseñador gráfico, tipógrafo, fotógrafo y publicista. Es conocido sobre todo por su tipografía ilustrativa y por su trabajo en las revistas Fact, Eros, Avan Garde y Upper & lower case. Jugó con la tipografía hasta convertirla en lenguaje visual que va más allá de letras, números y símbolos. Pero él mismo no se hacía llamar tipógrafo (puesto que él diseñaba con letras), la tipografía fue su primera gran pasión. Creó en 1970 la tipografía Avant Garde, muy utilizada en publicidad. Como diseñador gráfico Lubalin fue el director creativo de varias corporaciones, entre ellas Sudler & Hennessey.
Todos ellos pertenecientes a la International Typeface Corporation (ITC), donde también estaba otro de los grandes referentes de Javier, Hermann Zapf (alemán, 1918-2014), seguramente el más grande de todos.
En los años sesenta, el diseño, en Madrid, estaba en pañales. En ese ambiente se formó, sin embargo, el Grupo 13, que según Javier nunca fueron trece pues a veces eran nueve o a veces 18: se juntaron unos amigos, montaron una exposición en el Museo de Artes Decorativas donde reunieron a los más conspicuos. En Barcelona se formo FAD, Fomento de Artes Decorativas, y la Asociación de Diseñadores. Eso era lo que comenzaba. Antes de morir Franco ocurre un fenónemo: se celebran los 25 años de paz del regimen, en las ramblas de Barcelona y en el Paseo de la Castellana de Madrid. La empresa Panorama puso grandes carteles ―como las grandes lonas de hoy―: todo un elogio del franquismo. Aquellas lonas fueron muestra del diseño naciente; de allí salieron o se dieron a conocer grandes diseñadores de la época.
Pero no había una revista de diseño. La primera la enfoca el jefe del pluriempleo [así lo llama Javier], José María Gimeno, con su amigo y socio Miguel Angel Echeverría, uno de los grandes de la publicidad de ese momento: PRAG, Promoción de Artes Gráficas. Así se llamaba la revista. Se llegaron a hacer cuatro número, pero el cuarto nunca se imprimió porque sencillamente faltó el dinero. Luego empezaron a salir revistas de publicidad como Contrapunto o Siglo XXI, y luego algunas de arquitectura. Javier pertenecía a la Asociación de Artes Plásticas.
Luego se estableció el 1% cultural, una idea de la Asociación de Artistas Plásticas, que además era un nido de rojos, como decían ellos.
***
Javier conoció a Esther cuando ella tenía 19 años. Al año se casaron. Ella iba al Círculo de Bellas Artes a tomar clases de dibujo. Hizo, por otro lado, estudios de grabado calcográfico en la Escuela de Artes y Oficios. La carrera o curso se llama Restauración de Libros y Documentos[1]. Un elemento de su infancia puede abonar a favor de la pregunta sobre la pasión que dio lugar a todo esto:
«Desde pequeña desarrollé cierta vocación por el dibujo, la pintura y el diseño. Recuerdo que cambiaba mis dibujos por lápices de colores, un intercambio con compañeros de la escuela; así tenía material para seguir dibujando».
Javier no le da tanta importancia a esa inclinación al dibujo sino al amor por la literatura y la curiosidad sobre las fases y elementos del libro: el papel, la impresión, la encuadernación y las artes gráficas. Dice:
Se ha perdido mucho porque se ha perdido el oficio. Antes, la gente se apuntaba a esto porque había mucha demanda. Y dinero. Pero hoy ya no es así... Ahora hay una invasión de fotógrafos. Todo el mundo diseña, Han jhhhhrecorrisdotodo el mundo dibuja.
Han recorrido juntos países claves como Alemania, Bélgica, Francia e Italia. Se conocen todos los molinos de papel y fábricas de papel que puedan conocerse en en Europa. Les ha encantado Francia porque hay varios museos de la imprenta allí, todos les han fascinado. Hay una asociación de los museos de imprenta en Europa, AEPM por sus siglas en francés: «Una red de trabajo sobre el patrimonio cultural de la imprenta», dice uno de los dos. Esa asociación organiza congresos, alguno de ellos en Madrid: fue cuando Esther y Javier preparaban su exposición en la Imprenta Municipal Artes del Libro, en Concepción Jerónima Nº 15. Era 2018 y ese trozo de su colección fue comprado por la municipalidad.
Si se les pregunta, dentro del universo de las artes gráficas, cuáles serían sus objetos predilectos, a Javier no le cabe duda:
«Los libros, lógicamente, cuando son buenos, nos quitan el sueño. Ahí tenemos libros del siglo XVI, que son tratados de escritura: hay joyas. Está el Chronicarum...»
No, no es que tal incunable (o casi incunable) se encuentre en el recinto donde estamos, un bajo recoleto y fresco del centro de Madrid. Pero sí guardan facsímiles de sus grabados, verdaderas bellezas. Ese fue un libro en el que intervino Durero y su equipo.
***
Esther y Javier no se cansan de abrir el paisaje guardado de la Gran Historia de la Escritura Occidental. Todo signo refuerza una historiografía, y todo signo es un vestigio cultural. La caligrafía es un tema históricamente central: Ludovico Vicentino es una clave. Hacia 1510 le dio consistencia y nombre a la cursiva; Segismundo Fanti, en tanto autor de uno de los primeros manuales de tipografía, es otra clave.
Aparecen muestras de lo insólito: un par de libros dedicados a la marginalia, aquella ciencia que se ocupa de registrar y analizar lo que los escribanos o copistas o los simples lectores a través del tiempo han garabateado durante sus lecturas al margen de cada página impresa o, al menos, de algunas de las páginas impresas que les han causado reflexión o comentario.
Esther, por su parte, abre su caja de Pandora y de allí salen impresos de la Segunda República, sobre todo aquellos cuya conservación implicaba cierto riesgo después, durante el franquismo. De todo, como en botica, guardan Javier y Esther. El libro Papel, pluma, tinta, plomo, edición... una muestra de impresión (edición de la Imprenta Municipal Artes del Libro, 2018) se consigue en librerías y relata su periplo vital en busca del elemento de las artes gráficas que les faltaba. Y que les falta.
Siempre hay una obsesión prendida como una luz en los ojos de ambos. Un coleccionista de verdad jamás abandona su búsqueda, su afición por la acumulación de perqueñas joyas de otro tiempo. dentro de una colección que abarca cientos de miles de piezas.
[1] La restauración y la calcografía se estudiaban en la Escuela de Artes y Oficios. Ahora hay un instituto dedicado a la restauración de obras de arte.



"Esther y Javier no se cansan de abrir el paisaje guardado de la Gran Historia de la Escritura Occidental.
Todo signo refuerza una historiografía, y todo signo es un vestigio cultural.
La caligrafía es un tema históricamente central: Ludovico Vicentino es una clave."


